El Monolito

El cine visto desde la orbita de Jupiter

lunes, julio 11, 2005

Casualidad???



















Natalie Portman en Closer. Scarlett Johansson en Lost In Translation. Pelucas rosas electricas indosadas en dos de las actrices mas prometedoras (bueno, quiza ya nos hayan DEmostrado suficiente), mas morbosas (que miradas!, que labios!) y con la cabeza mejor amueblada a pesar de su juventud: 24 para la primera y 20 para la segunda.

Sexo y muerte

Hace unos días mi psiquiatra se burló de mí con uno de esos juegos típicos de psicólogos. Del análisis del juego se desprendía que mi concepción del sexo estaba bastante ligada con la muerte. Pero no desglosaré más información sobre mi deteriorada mente, no son asuntos que a nadie puedan interesarle. El caso es que, poco después, revisé unas notas que tenía guardadas y me di cuenta de que Luis Buñuel y Alfred Hitchcock comparten a grandes rasgos mi opinión:

"He encontrado siempre en el acto sexual una cierta similitud con la muerte, una relación secreta pero constante. He intentado traducir este sentimiento a imágenes, por ejemplo, en
Un Chien Andalou, cuando el hombre acaricia los senos desnudos de la mujer y, de pronto, se le pone cara de muerto." [El último suspiro, Luis Buñuel]

"Era imposible no ver que todas las escenas de amor estaban filmadas como escenas de asesinato y todas las escenas de asesinato, como escenas de amor. [...] Me pareció que en el cine de Hitchcock, decididamente más sexual que sensual, hacer el amor y morir eran la misma cosa."
[El cine según Hitchcock, François Truffaut]

miércoles, julio 06, 2005

Kim Ki-duk

Lo descubrí hace un tiempo por recomendación. Fue con La isla, una obra maestra con dos de las escenas más dolorosas de la historia del cine. Poco después, me volvió a sorprender muy gratamente con Primavera, verano, otoño, invierno...y primavera (cuyo sugerente titulo original es: Bom yeoreum gaeul gyeoul geurigo bom). Y recientemente me ha turbado con La samaritana. Quizás sólo tres películas vistas no sean suficientes para emitir un juicio crítico fiable sobre el director coreano; aún con todo, me aventuraré a desgranar algunos aspectos de su cine.


Kim Ki-duk es un director surcoreano que cuenta en su haber con diez películas en un intervalo de tiempo bastante reducido (la primera fue Crocodile en 1996). Nació en 1960 y como apuntes destacados de su biografía mencionaría el abandono de los estudios a los 17 años (es un autodidacta), el período de 5 años que se mantuvo en el ejército y los tres años que sobrevivió en París (1990-1993) consagrado a la pintura y comiendo de lo que ganaba vendiendo sus cuadros. Esta afición a la pintura queda patente en cada una de sus películas en tanto en
cuanto cada encuadre es una composición limpia y equilibrada.


De las tres películas que conozco, Primavera, verano, otoño, invierno...y primavera es la que más hincapié hace en este aspecto. Es ésta una obra hondamente poética, cargada de sentimentalismo y de simbolismo, una historia en la se percibe el olor de la naturaleza y de un espiritualismo pocas veces tan bien retratado, con simplicidad y emotividad. En Primavera... se abordan multitud de temas como el arrepentimiento, el amor, la penitencia, la confesión, la inocencia infantil, el espíritu de superación o el regreso de la primavera. Y todo esto, desde la ausencia casi total de diálogos (2001:una odisea en el espacio se consideraría una charlatana comparada con esta obra de Kim Ki-duk), lo que incrementa aún más si cabe la efectividad del filme. En fin, una delicia tanto de contenido como visual muy alejada de los convencionalismos actuales del cine.

Desde mi punto de vista, Primavera... resume de forma sutil todas las etapas importantes en la vida de un hombre; digamos que se trata de una gran metáfora en la órbita del famoso nacen, crecen, se reproducen y mueren pero entroncada directamente con la religión. Desconozco las creencias de Kim Ki-duk, pero esta obra podría considerarse hermanada con la parábola cristiana del hijo pródigo: pecó, se arrepintió, cumplió su penitencia. Pero no olvidemos el carácter circular de la vida...


Y si hablamos de religión, es inevitable deslizarnos hacia La samaritana, obra impregnada de cristianismo y budismo. Sin ir más lejos, el título que hace referencia a la bondadosa samaritana de la que se habla en el Nuevo Testamento. Si bien, es mucho más llamativo el diálogo sobre Vasumitra y la forma en la que ésta conseguía engrosar el número de budistas hace siglos.

La samaritana
narra una historia de prostitución adolescente cuya trama se sitúa en el Seúl actual, lo que contrasta con la ambientación naturalista de los anteriores trabajos de Kim Ki-duk al mismo tiempo que resta gran importancia al efecto pictórico que penetra el resto de sus obras. Se nos muestra un Seúl cotidiano, con sus moteles barriobajeros y sus avances tecnológicos, con el objetivo de dar verosimilitud a una historia que, a fin de cuentas, no deja de ser surrealismo simbólico y paradójico.

La película está dividida en tres significativas partes que reciben los nombres de Vasumitra, Samaria y Sonata y cuyo contenido viene a equivaler al eros, a la violencia y a la reconciliación. Y junto a estos temas, se habla de amor paterno-filial, de aprendizaje vital, de dolor ante perspectivas frustradas, de perversión burguesa o de la evaporación de las relaciones humanas. Y todo con una ausencia total de morbosidad: ningún asomo sensacionalista, absoluta discreción. Las únicas escenas en las que se intuyen desnudos femeninos son aquellas de la purificación en los baños, pero su importancia y simbolismo lo merecen. Y es que en el cine de Kim Ki-duk no abundan los elementos gratuitos tan malditamente extendidos entre aquellos que no tienen las ideas claras, que no tienen nada nuevo que aportar o que no consiguen entender concisamente el proyecto que se traen entre manos.

viernes, julio 01, 2005

Cine y literatura

¡Uy! ¡Qué título más comprometedor! Con los ríos de tinta que han corrido describiendo la relación entre el cine y la literatura: que si los escritores se transforman en guionistas cinematográficos, que si hay películas que no llegan a la suela de los zapatos de las obras en las que se basan, que si de novelas mediocres se pueden extraer películas excelentes, que si algunos actores aprovechan su nombre para publicar cuentos o poesías indignas, y un largo etcétera de temas embarrados.

Me propongo comentar un aspecto diferente: la relación de la literatura con los personajes protagonistas del cine. La cuestión me surgió hace unos días cuando veía Cold Mountain y, en una escena entre Nicole Kidman y Renée Zellweger, la primera leía un pequeño fragmento de Cumbres borrascosas (Emily Brontë): Mi amor a Linton es como el follaje de los bosques; el tiempo lo cambiará; bien lo sé, como el invierno cambia el de los árboles. Mi amor a Heathcliff semeja las eternas rocas que están debajo; es un manantial de escaso placer visible, pero necesario. Estas pocas palabras me hicieron reflexionar que quizás la historia de Cold Mountain hubiese transcurrido por derroteros muy diferentes si Ada Monroe no hubiese leído con tanto fervor novelas románticas como Cumbres borrascosas. Porque al fin y al cabo somos lo que leemos.

Y esta pequeña reflexión me sirvió como pretexto para recomendarle a algunos ficticios personajes algunos libros que quizás hubiesen cambiado sus vidas. Si Charles Foster Kane hubiese leído El principito no habría dejado que se evaporaran sus buenas voluntades y sus sentimientos porque habría reflexionado sobre los hombres ya no tienen amigos porque no existen almacenes de amigos. Si los ladrones de Ocean’s eleven hubiesen leído Tierra de hombres habrían buscado su felicidad por otras vías porque se habrían planteado que no se compra la amistad de un compañero al que me han unido para siempre las pruebas que hemos compartido. El dinero no puede comprar una noche de vuelo y sus cien mil estrellas, esa serenidad, esa soberanía de unas horas. El dinero no puede comprar el nuevo aspecto del mundo después de una etapa difícil, los árboles, las flores, la mujeres. Si el Jake La Motta de Toro salvaje hubiese leído Memorias de Adriano habría aprendido a encajar golpes con menos orgullo porque se habría dado cuenta de que llega el momento en el que el hombre piensa que su vida es una derrota aceptada. Si el profesor Keeting de El club de los poetas muertos hubiese leído la magnífica obra de Hermann Hesse Bajo las ruedas habría sido consciente de que su deber y la misión encomendada a él por el Estado son domar y segar en el joven los toscos apetitos y las fuerzas de la naturaleza, y plantar en su lugar ideales comedidos, tranquilos y reconocidos por el Estado. Si Severine Serizy, Catherine Deneuve en Belle de jour, hubiese leído El último encuentro tendría una visión diferente de la fidelidad porque ¿exigir fidelidad no sería acaso un grado extremo de egolatría, del egoísmo y de la vanidad, como la mayoría de las cosas y de los deseos de los seres humanos? Cuando exigimos a alguien fidelidad, ¿es acaso nuestro propósito que la otra persona sea feliz? Y si la otra persona no es feliz en la sutil esclavitud de la fidelidad, ¿amamos a la persona a la que se la exigimos? Y si no amamos a esa persona ni la hacemos feliz, ¿tenemos derecho a exigirle fidelidad y sacrificio?

Y extrapolando las recomendaciones al mundo real, ¡aprenderíamos tanto si leyésemos más!

Y Dios llegó a viejo...

Hoy, 1 de julio de 2oo5, se cumple un año de la muerte del inolvidable Marlon Brando. Aquel dia, como homenaje postumo, Carlos Boyero publicó el siguiente articulo en El Mundo:

Nadie ha transmitido en una pantalla el sufrimiento, las cosas del cuerpo y del alma, la sensualidad, la arrogancia con causa, la desesperación, el mal oscuro, la redención, la violencia interna, con tanta intensidad y seducción como este rey voluntariamente exiliado y permanentemente secreto que ha conseguido llegar a octogenario.

Ningún actor ha tenido tantos discípulos (mayoritariamente grotescos) intentando plagiar un estilo y una expresividad intransferibles. Brando no sólo convencía y emocionaba, también hipnotizaba y enamoraba a cualquier tipo de público. El gran narciso, consciente de su poder, a veces se pasaba cantidad y resultaba insoportablemente afectado, pero cuando nos ha entregado algo de sí mismo, cuando se ha respetado a sí mismo, su arte ha conseguido cimas imposibles de superar.

Ese arte consiste en interpretar todo tipo de personajes con sensibilidad, matices, interiorización, complejidad y estilo incomparable.

Sus registros son muy amplios, pero a diferencia de otros camaleones que borran sus señas de identidad de un papel a otro, Brando sigue siendo el mismo, componiendo las máscaras más heterodoxas pero sin querer o poder renunciar a su proteica personalidad. Su gestualidad está sincronizada como una orquesta perfecta, sus movimientos son los de un bailarín, habla con la garganta pero también con los ojos, con las manos, con las cejas, con los hombros, es capaz de expresar las sensaciones más volcánicas con un parpadeo o una entonación.

Está en posesión de algo que va más allá del talento. Es un don natural, algo que no puede aprenderse, ni cultivarse, ni imitar. Se llama genialidad. Las interpretaciones de un Brando en forma pueden ser instintivas o sofisticadas, directas o tortuosas, transparentes o enigmáticas, pero en todas ellas acabaremos sabiendo algo más sobre las luces y las sombras de la naturaleza humana.

Cuentan que la apariencia actual de ese anciano que forjó una leyenda perdurable desde la primera vez que le filmó la enamorada cámara se asemeja a la de un cachalote, que está muy chungo del cuerpo y del alma. Normal. Tiene que ser muy duro sobrevivir al suicidio de una hija embarazada después de que tu hijo se cargara al novio de ésta. Supongo que Brando habrá sufrido en su propia piel los abismos mentales y la desolación que tantas veces interpretó con lacerante veracidad en las ficciones. Y supongo que cuando llegas a esa intolerable familiaridad con el espanto te preguntas por tu responsabilidad en la tragedia de tu simiente y que no puede servir de alivio la memoria de haber sido el más guapo, listo, famoso, rico y deseado, ni la eterna admiración del prójimo, ni los Oscar que aceptaste o despreciaste, ni la ancestral dedicación a todas las causas perdidas, ni la certidumbre de haber revolucionado la interpretación, ni que figures como uno de los iconos más trascendentes y fascinantes del siglo XX.

Varias generaciones de espectadores seguiremos agradecidos a la conmoción y el placer que nos regaló este hombre. Cuidando las palomas aunque su corrupto hermano le vendiera y le entregara un pasaporte al fracaso, rumiando amargura por ser un tullido de guerra y negándose a aceptar la compasión encabezando la revolución con ojos bizqueantes y mostacho mexicano porque los niños tienen hambre y no saben leer, manipulando a la plebe con un discurso maquiavélico para vengar el asesinato de Julio César y tomar el poder, siendo el más chulo y el más macho de todos los motorizados de la historia del cine, enfrentándose en sufriente soledad a la jauría humana que quiere linchar al chivo expiatorio de todas sus miserias, siendo un mercenario del colonialismo con idéntica capacidad para sublevar a los esclavos que para destruirlos en la isla de Queimada, encarnando el anverso y el reverso de un patriarcal, sabio y terrorífico jefe de la Mafia.

Aún no había llegado el «más difícil todavía» del mago sensual y del temible juglar, algo con el valor y el escalofrío de un testamento. En 'El último tango en París' se atreve a mostrarnos sus entrañas. Lo que vemos, oímos y sentimos tiene efectos opiáceos pero también aterra. Es la expresión máxima del dolor, el sexo sin coartadas, el vértigo, la autodestrucción, el acorralamiento interior, la necesidad de amor y su provisionalidad.

Siempre le recordaré con esa imagen, pegando un chicle, viendo amanecer, muriendo en posición fetal.

jueves, junio 23, 2005

Buster Keaton busca por el bosque a su novia, que es una verdadera vaca



1, 2, 3 y 4
En estas cuatro huellas no caben mis zapatos.
Si en estas cuatro huellas no caben mis zapatos,
¿de quién son estas cuatro huellas?
¿De un tiburón,
de un elefante recién nacido o de un pato?
¿De una pulga o de una codorniz?
(Pi, pi, pi.)
¡Georginaaaaaaaaaa!
¿Donde estás?
¡Que no te oigo Georgina!
¿Que pensarán de mi los bigotes de tu papa?
(Papaaaaaaaa.)
¡Georginaaaaaaaaaaa!
¿Estás o no estás?
Abeto, ¿donde está?
Alisio, ¿donde está?
Pinsapo, ¿donde está?
¿Georgina paso por aquí?
(Pi, pi, pi, pi)
Ha pasado a la una comiendo yervas.
Cucu,
el cuervo la iba engañando con una flor de resada.
Cuacua,
la lechuza, con una rata muerta.
¡Señores, perdonadme, pero me urge llorar!
(Gua, gua, gua)
¡Georgina!
Ahora que te faltaba un solo cuerno
para doctorarte en la verdaderamente útil carrera de ciclista
y adquirir una gorra de cartero.
(Cri, cri, cri, cri)
Hasta los grillos se apiadan de mí
y me acompaña en mi dolor la garrapata.
Compadecete del smoking que te busca y te llora entre aguaceros
y del sombrero hongo que tiernamente
te presiente de mata en mata.
¡Georginaaaaaaaaaaaaaaaaaaa!
(Maaaaaa).
¿Eres una dulce niña o una verdadera vaca?
Mi corazón siempre me dijo que eras una verdadera vaca.
Tu papa, que eras una dulce niña.
Mi corazón, que eras una verdadera vaca.
Una dulce niña.
Una verdadera vaca.
Una niña
Una vaca.
¿Una niña o una vaca?
O ¿una niña y una vaca?
Yo nunca supe nada.
Adios, Georgina.
(¡Pum!)

Rafael Alberti.

lunes, junio 13, 2005

Quién mató a Liberty

Bueno, quizás el título no sea bastante representativo y nuestra respuesta instintiva sea que ha sido Bush el que ha matado a la señorita Libertad. Pero no rondan esos cauces este título sino una película sesentera llamada El hombre que mató a Liberty Valance. Dirigida por aquel insoportable borracho (en realidad, todos los genios están invariablemente locos y son sistemáticamente insoportables) llamado John Ford y protagonizada por John Wayne y James Stewart. Evidentemente, se trata de un western, una película de esas con sudor masculino, olor a pólvora, diálogos con la boca torcida, espuelas plateadas y whisky barato.



Una historia con tres protagonistas: James Stewart como Ransom Stoddard, John Wayne como Tom Doniphon y Lee Marvin como Liberty Valance. Un pueblo del Oeste en el que se entrecruzan los destinos de tres hombres totalmente opuestos. Ransom llegó al pueblo con un morral en el que traía ¡libros!, buenas intenciones, ideales de justicia y un diploma de recién licenciado en Derecho. Pero, vaya, no se le había pasado por la cabeza hacerse con un maldito revólver. A su vez, Liberty vivía asido a su látigo con empuñadura plateada, infundía respeto –perdón, miedo- y sonreía con una seguridad que dejaba traslucir malas intenciones y peores acciones. Por último, Tom, el tipo duro de siempre, con su corazón ya comprado por una joven cocinera y el honor aún intacto. Digamos que se trataba de ver quién era más fuerte, si la racionalidad con ansia de justicia, la represión autoritaria o la honestidad. En fin, una lucha entre el libro, el revólver y el honor.

Pero, como suele suceder en este tipo de duelos con tan cualificado personal, nadie vence. O quizás sí, quien sabe. En cualquier caso, ¿quién fue el héroe que mató a Liberty Valance? U otra pregunta más espinosa, ¿quién murió con Liberty? Porque esa bala que reventó el oscuro corazón del asaltador sin escrúpulos tuvo un importante efecto boomerang en su entorno. Ya nada volvió a ser lo mismo, ni siquiera el western.

“En el Oeste, cuando los hechos se convierten en leyenda, publica la leyenda”.

A contracorriente

- A mí siempre me gusta ir a contracorriente, no hacer lo que los demás.
- Vos no sabés lo que decís, así te cansás más.


Una española y un argentino. No es un diálogo de una película, sino un fragmento de conversación que voló hasta mis maltrechos oídos hace pocas noches, pero ¿no se podría aplicar a tantos protagonistas de películas o, sobre todo, a tantos directores insistentes, convencidos, revolucionarios, excepcionales? A mi memoria llegan Luis Bunuel (joven con caracter fuerte y cualidades de boxeador profesional), Orson Welles (novillero de joven) o François Truffaut (infancia quebrada y paso por la carcel). Inconformistas que se enfrentaron a pecho descubierto al gran gigante de todo lo establecido.

A proposito de la lista de mejores directores de la historia del cine...